EL DERECHO A UNA OPCIÓN DE CENTRO

Por Germán Toro Zuluaga*

La decisión de Alejandro Gaviria de lanzarse a la precandidatura presidencial y anunciar que trabajará por unificar el centro, constituye un fuerte y refrescante empujón para ese espectro político. Así mismo, se convierte en una atractiva opción para ese grueso de la población, que no se siente cómoda alineándose en la disputa entre los bloques de opinión que lideran los dos más enconados contradictores en la arena política y social del país: El desgastado expresidente Alvaro Uribe y el líder de las encuestas preelectorales del proyecto de Pacto Histórico, Gustavo Petro.
Tal vez por eso, por lo refrescante y potenciador para el centro, es que más tardó en anunciar lo que muchos esperaban, que en desatarse la batalla de mensajes mentirosos o tendenciosos para tratar de deslegitimar su derecho a proponerse como alternativa. El centro, que para muchos no existe, funciona como un fantasma: cuando se mueve, asusta, y a diestra y siniestra se produce nerviosismo y desespero. Para unos es la carta moderada del Foro de Sao Paulo y para los otros, otra ficha del Ubérrimo.
Si se da lo que ya se ve en el horizonte, esto es, la confluencia de los sectores del centro; la disputa en la segunda vuelta de la elección presidencial, muy seguramente no será entre el que diga el nuevo amigo de Epa Colombia y el más popular de los Gustavos, sino entre uno de ellos y quien finalmente unifique al centro político y social.
Sin ninguna duda, lo más conveniente para la sociedad colombiana es superar el liderazgo dominante en estas dos décadas, que nos dejan un balance lamentable: una sociedad no sólo dividida, sino movida por odios y pasiones; una amalgama de narcotráfico y corrupción que capturó buena parte del Estado; horrendos crímenes contra la vida, movidos unos por las banderas de la rebelión contra la tiranía; otros por el paramilitarismo antisubversivo, o al amparo del uniforme de la fuerza pública, que debería ser el garante de los derechos humanos de los colombianos. La poca mejoría de indicadores económicos y sociales no alcanza a ocultar las aberraciones que se instalaron en la institucionalidad sin que el que todo lo controlaba, se diera por enterado.
Desde el deseo, no se puede negar que lo mejor sería una ruptura total y radical con esa realidad que nos dejan como herencia. Pero desde lo previsible, en una sociedad dividida y movida por pasiones y odios, como se señaló anteriormente, sería como realizar un cambio de roles, porque los odios y las pasiones, seguirán gobernando la deliberación pública, si es que a la competencia de diatribas se le puede llegar a llamar debate. Claro que serán otros los propósitos, las prioridades y las agendas; una buena propuesta en esencia liberal socialdemócrata, que desde ya sindican de castrochavista, en manos de un estilo de liderazgo que no dudarán de calificar de populista. Un conjunto de poderes reales, muchos de ellos ilegales e incrustados en la institucionalidad, impidiendo gobernar y atizando viejos y nuevos odios. Las camisetas de la primera línea cambiarían de color, ahora serían blancas y defenderían los privilegios, con formas y métodos que ya nos mostraron los ejércitos paramilitares..
Pensando en eso, la sociedad colombiana tiene derecho a preferir una transición más tranquila, liderada por la razón, el respeto, la moderación y la decencia; si se quiere tibia, pero más segura. Que muestre un camino para la seguridad desde la democracia y el respeto a los derechos humanos; una ruta de progreso con conservación ambiental; una manera de ser competitivos y tener un estado solidario y sensible socialmente; que logre estándares de igualdad económica y social, sin sacrificar la democracia.
Un cambio sin prisas hacia lo que los más excluidos han aspirado por siglos, en una economía más solidaria y con unas formas en la política, que faciliten la reinstitucionalización y hagan de un pacto histórico no una marca, sino la primacía de una cultura de la reconciliación nacional y del restablecimiento de la institucionalidad democrática. Es lo que sería una especie de período de transición. Y esa tarea es más tranquila en manos del centro y si es liderada por Alejandro Gaviria, mejor.
Esto, porque Alejandro Gaviría es un hombre de la academia, profundamente humanista, que está haciendo la tarea sin la fijación de estar contra alguien, liberal secas, con experiencia en la gestión pública, al que nadie de manera seria puede tachar de corrupto; un aspirante que puso su nombre en consideración acompañado de 60 premisas que guiarán su campaña, y porque se lanzó al ruedo dejando claro que su convicción es enriquecer y lograr la unidad del centro.
Pero si las anteriores previsiones no se dan, porque el hastío de la sociedad colombiana lleva el péndulo al extremo; y la segunda vuelta presidencial se presenta con las dos opciones de la polarización actual; no puede existir la duda de que los sectores más alternativos de ese amplio espectro que denominamos centro, por ningún motivo vamos a preferir la continuidad del embrujo autoritario que nos ha gobernado predominantemente durante estas dos últimas décadas.

*Germán Toro Zuluaga, Constituyente de 1991.

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